Explicado a fondo
El bordillo gana casi siempre
En una zona con calles estrechas, garajes con rampa y aparcamientos apretados, las llantas se llevan la peor parte. El roce contra un bordillo al aparcar es probablemente el daño más frecuente que vemos en carrocería, y no depende de conducir mal: depende de los centímetros que hay.
La buena noticia es que la mayoría de esos daños se reparan bien y por bastante menos de lo que cuesta una llanta nueva. La menos buena es que hay un tipo de daño que no se debe reparar, y conviene saber distinguirlos.
Cuatro tipos de daño
Una raya superficial, que afecta a la pintura o al barniz sin deformar el metal. Es el caso más sencillo: se lija, se imprima, se pinta y se sella.
Una pérdida de material, donde el bordillo se ha comido parte de la pestaña. Aquí hay que reconstruir el perfil aportando material antes de pintar. Es importante hacerlo bien y no simplemente rellenar con masilla y pintar encima, porque esa pestaña es la que sujeta el talón del neumático.
Una deformación, con la llanta doblada por un golpe o un bache profundo. Se puede enderezar con calor controlado y prensa, siempre que la deformación no sea excesiva.
Y una fisura. Aquí la respuesta es no.
Por qué no reparamos llantas fisuradas
Se nos pide a veces y la respuesta es siempre la misma, así que conviene explicarla.
Una llanta es un elemento de seguridad sometido a cargas cíclicas constantes: cada vuelta de rueda es un ciclo de esfuerzo. El aluminio fundido con el que se fabrican tiene unas propiedades determinadas, y una soldadura crea una zona con propiedades distintas y con tensiones internas.
Técnicamente se puede soldar. El problema es que nadie puede garantizar cómo va a comportarse esa zona a lo largo de miles de ciclos, y el modo de fallo de una llanta a velocidad es muy malo.
Así que cuando encontramos una fisura lo decimos con claridad y ayudamos a buscar una llanta de sustitución, que muchas veces aparece de segunda mano en buen estado por poco dinero.
Acabados: lo que se puede igualar y lo que no
No todas las llantas tienen el mismo tipo de acabado, y eso determina el resultado de la reparación.
Las llantas pintadas, que son la mayoría, se reparan y se repintan al tono original con muy buen resultado. No se nota.
Las llantas con acabado diamantado, que tienen la cara frontal mecanizada en torno y un barniz transparente encima, son otra historia. Para recuperar ese acabado hace falta pasarlas por torno, que se hace en taller especializado y da un resultado muy bueno. La alternativa es pintarlas en un plata cercano: queda bien, pero no es idéntico.
Te explicamos las dos vías con su precio y decides tú. Lo que no hacemos es pintar una diamantada y decir que va a quedar igual.
La corrosión del aluminio
Hay un problema que en esta zona aparece bastante y que empieza siendo estético. Cuando la pintura o el barniz se levantan, el aluminio queda expuesto y se oxida formando una capa blanca y porosa.
Con la humedad del ambiente y la sal del invierno, eso avanza más rápido de lo que uno esperaría. Y deja de ser estético cuando la corrosión llega a la zona donde asienta el talón del neumático: ahí empieza a perder presión lentamente y el neumático no sella bien.
Si ves esa capa blanca en el borde de tus llantas, merece la pena tratarla antes de que llegue al asiento del talón.
Un consejo práctico
Cuando se repara una llanta, el reparto de peso cambia ligeramente, y también si se ha enderezado. Por eso al volver a montar equilibramos de nuevo la rueda: es parte del trabajo, no un añadido.
Mándanos fotos de la llanta por WhatsApp al 644 529 084 y te damos una primera orientación de precio sin moverla.